El SAS deberá pagar 80.000 euros por una muerte por infarto no detectado


A una mujer le diagnosticaron dolor torácico, le recetaron Nolotil y le dieron de alta, pero a las pocas horas falleció porque lo que sufría era parada cardíaca

Rosario Fernández pasó las últimas horas de su vida de error en error. Durante la madrugada del 20 de julio de 2000 se sintió mal, extremadamente mal, pues un dolor intensísimo recorría todo su cuerpo. Tanto, que sus familiares llamaron al teléfono de emergencia 061, cuyos efectivos la trasladaron al Hospital Clínico. Una cadena de fallos impidió que el diagnóstico fuese certero: los médicos pensaron que sufría un simple dolor torácico, de modo que le recetaron Nolotil y la enviaron a casa. Horas después, Rosario regresaba al mismo Hospital Clínico, donde entró sin pulso. Ya no saldría con vida de este centro sanitario, pues a los 40 minutos moría pese a intensas maniobras de resucitación cardiopulmonar. La causa: un infarto que los médicos no habían sido capaces de detectar. Por eso han sido condenados.

La sentencia la acaba de dictar la titular del Juzgado de lo Penal número 5 de Granada, Maravillas Barrales. Su fallo indica que los dos médicos que atendieron a Rosario incurrieron en una falta de imprudencia leve con resultado de muerte. La condena que recae sobre los facultativos es de dos meses de multa a razón de seis euros diarios cada uno de ellos. La jueza también establece una indemnización de 80.000 euros para los familiares de la fallecida, defendidos por el abogado José Miguel Castillo-Calvín. Esta cantidad deberá ser abonada por el SAS, ya que es responsable civil subsidiario.

Relato La sentencia habla de una primera negligencia de la que es responsable el médico que atendió a Rosario al llegar a las Urgencias del Clínico. Según el fallo judicial, el facultativo describió en su diagnóstico los síntomas típicos del infarto de miocardio, pero no lo identificó como tal y lo confundió con un dolor torácico. Mandó hacer una exploración física, una medición de las constantes vitales, un electrocardiograma, una radiografía de tórax, un hemograma y una bioquímica de urgencias.

Bajo ese diagnóstico, la paciente quedó en observación. Una vez que el médico concluyó su turno, fue relevado por otra facultativa, quien examinó el resultado de las pruebas que habían sido solicitadas y diagnosticó un «dolor torácico inespecífico», para lo cual le recetó Nolotil y un diurético.

Tras ser enviada a su casa, la paciente volvió al hospital ya mucho más grave. Y allí murió. La autopsia fue contundente: la muerte se debió a que en realidad Rosario había sufrido un infarto.

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